CORRER ERA EL PRINCIPIO DE TODO

Corriendo en Italia

Quién iba a decirme a mí, que calzarme las bambas y salir a correr iba a devolverme la libertad y la esperanza de volver a tomar las riendas de mi vida. Aunque estaba escrito en las estrellas que mi forma de desahogarme frente al estrés y a mi incapacidad de estar quieta y escuchar la cascada de emociones que llevo dentro, era correr. Yo no lo sabía.

Correr fue todo un descubrimiento y una necesidad imperiosa de escapar de mi vida. Al menos los primeros años en los que todo giraba entorno a correr. Lo he explicado en muchas ocasiones pero seguro que aún hay algunos que no lo sabéis.

Empecé a correr en serio cada día porque me quedé sin curro (en verdad, lo dejé porque lo de directora de Márketing no estaba hecho para mí), dejé la vida que llevaba lejos de mi zona de confort y la estabilidad de un sueldo porque no era feliz y me metí de cabezas en una relación que me oprimía aún más que mi anterior trabajo.

¡Ja! Viví cerca de un año con un hombre que no me entendía y que lejos de ayudar a auto-descubrirme me ponía trabas, me aprisionaba y me quería cambiar. No cambié. No pude hacerlo. Seguí corriendo porque no era capaz de enfrentarme a él. Hasta que lo hice y me fui. Volví a empezar (es el tipo de cambio que nadie suele tener agallas de hacer y yo ya me siento casi como pez en el agua con él) y retomé mi vida con un eje central principal: correr.

Así que correr me dio cordura, fuerza, centro y me ayudó a focalizarme. A través de correr descubrí cosas de mí, descubrí lo que realmente quería en mi vida y empecé a respetarme, responsabilizarme de mi vida y a valorarme. Correr me dio más de lo que yo hubiera creído jamás. Resulta que sola podía hacer muchas cosas, entre ellas, retarme y conseguir lo que me propusiera sin más aplausos que los míos propios. Y así estuve una temporada hasta que empecé a correr con más personas. Nadie me regaló nada, me lo curré desde el minuto 0. Entrenando sola así lloviera, nevara o hiciera un sol sofocante. Con bambas de asfalto, de montaña o descalza. Y cuando descubrí la montaña, ya nada fue igual. 

La montaña me dio no sólo la capacidad de desconectar sino de volver a conectar conmigo misma, con mi esencia y recuperar la fuerza y la endereza que el día a día me robaba. Pero como todo en exceso, tiene sus inconvenientes. Una cosa es correr por amor al arte y porque te desconecta y otra (muy diferente) es competir. Compitiendo entra el ego, el hacerme ver, el creer que soy lo que corro, los tiempos… Pensar que sin eso no voy a valer nada. Y caes en el error y en perder la esencia de la magia de correr. Caes en ver que aquello que te hacía libre, ahora te mantenía prisionera. Un gran aprendizaje que de nuevo me ofrecía de forma directa y en exclusiva correr. ¿Veis que maravilla? Si es que correr lo tiene todo. Una aventura increíble y sin igual hacia el interior de uno mismo. Amo correr y lo amaré siempre. 

Luego vinieron deportes complementarios: bicicleta de carretera, bici de montaña, duatlones, nadar, escalar… Pero nada me ha hechizado tanto ni me ha devuelto tanto hacia mi misma como correr. Pues mientras corro tengo la increíble capacidad de conectar conmigo y de sentir dentro de mí. Y también me agota de tal manera que lo demás no importa, acalla mis pesadumbres, mis congojas y todo lo que es oscuro en mí (me ayuda a dejarlo ahí recogidito, en un rinconcito sin que me moleste). 

Pese a todo, estoy hiper mega feliz de haber empezado a correr sola, de compartir con personas maravillosas y de seguir haciéndolo hoy, ayudando a otras mujeres a que correr les devuelva la fuerza que la vida y las personas tóxicas nos quitan.

Pero eh… Correr me ha dado lo mejo que tengo hoy. Gracias a correr tengo un circulo de amistades sano. Tengo un marido amoroso, aventurero y artista, al que respeto, admiro y quiero a partes iguales. Tengo una vida que me gusta, unos proyectos que me fascinan y una visión y proyección de mi futuro; de lo que quiero seguir construyendo, siempre de la mano de seguir ayudando a las personas que lo necesiten. 
Hace sólo unos 6 años que corro. Hace 5 años que dejé de fumar (sí, yo fumaba), hace 8 años que volví a nacer y 7 que nací de nuevo. Hicieron falta 2 ostias de las grandes para ponerme en mi camino porque la primera no la entendí y mira que fue de campeonato; pero no hay más ciego que el que no quiere ver.

Pero todos estos sucesos dolorosos fueron el principio de seguir creyendo en lo que creo hoy. De seguir mi camino de auto-descubrimiento. Y hasta que el correr no apareció en mi vida probé con el surf, la bicicleta de montaña, el yoga (en todas sus diferentes corrientes posibles) y otras mil historias más, pero sólo correr me dio aquello que necesitaba. Sólo correr se focalizaba únicamente en mí, en mi corazón, mi cabeza y mi respiración. Sólo correr me llevó a viajar a lugares maravillosas dentro de mí misma y también fuera. 
No todos estos años han sido como correr por campos de amapolas. ¡Qué va! Lo he pasado mal y fatal. He llorado mucho, me he indignado más y me he cabreado un montón. He colgado las bambas y me prometido no volver más y aquí seguimos. ¡Ja! Enganchada hasta las vísceras a este deporte que me apasiona y me llena de alegrías cuando menos lo espero. Ideal. 

Me apetece deciros que si os gusta correr, lo hagáis, que cuando nadie crea en vosotros sigáis corriendo, que cuando os lesionéis sigáis luchando por volver a calzaros las bambas porque de eso se trata la vida.

La vida es una carrera (sin necesidad de tomarla como una competición) pero sí. La vida es un lugar donde hay que seguir hacia delante pase lo que pase, mirar atrás lo justo y avituallarse cuanto consideremos necesario. Pero en esta vida estamos solos. Nacemos y morimos solos y eso es una verdad irrefutable, fatídica pero verosímil. Correr igual. Correrás sola siempre porque nadie puede hacerlo por ti. Tus piernas, tu aliento, tus dolores, tu cabeza. Los demás estarán allá para acompañarte, pero jamás podrán correr por ti. Y mejor que no lo hagan. Que te ayuden sí, que te acompañen también, pero que cada uno corra su vida, que corramos con nuestras historias, nuestros problemas y todo lo que nos acontezca. Correr es responsabilizarme de mi misma. Haya, o no, aplausos al final de la etapa. Los aplausos son míos, los de mi corazón latiendo fuerte y feliz, llenos de alegría, de confort y con ese subidón de campeonato que te da el sentir que correr porque quieres y que pese al mal momento, la única solución posible es seguir haciéndolo, hacia delante para llegar a meta. 

Y aquí estoy emocionándome la vida al escribir estas líneas, intentando dar sentido a algo sencillo que me ha salvado el alma. Correr es mi principio básico y con él llega el resto. 

Mientras viva seguiré corriendo, cambiaré los ritmos para que se ajusten a lo que quiero en cada momento, pero siempre correré porque es eso lo que me da vida, me libera y pone orden en esta cabeza y en este corazón. Lo demás viene solo cuando el equilibrio vive en mí.

Corriendo por Suiza