SER CORREDORA, VEGANA Y CONSCIENTE

SER CORREDORA, VEGANA Y CONSCIENTE

SER CORREDORA, VEGANA Y CONSCIENTE

SER CORREDORA, VEGANA Y CONSCIENTE

Correr, yoga, infusiones, té macha, meditación, mindfulness, respiración consciente, smoothies, zumos verdes, mantrams y relajación, reiki… Esta corriente New age que nos ha acogido en su regazo y nos abraza cada día ofreciéndonos una mejora en nuestro día a día de forma espectacular, esta corriente nos está cambiando la vida y la forma de vivirla, de valorarla y de encontrar realmente lo esencial en nosotros. Está claro que es una moda a la que la gente se agarra de la forma que le da la gana, hay que tener claro no nos vamos a convertir en gurú por tener en una cuenta de instagram 10.000 fotos de las posturas más increíbles de yoga o de los últimos smoothies de la conocida Carla Zaplana. ¿O si? Pues mejor para ti. Disfrútalo. De eso se trata esta vida, de experimentar, jugar y disfrutar, siendo plenamente coherente con uno mismo. Y si así te sientes, sigue hacia adelante porque cuando no hay desgaste ni trabas es porque es parte de tu camino.

Yo me enganché a correr, como una forma de meditar activamente, de enfocar mi vida hacia la esencia, hacia lo importante y con ello aprendí a ser coherente conmigo misma. No es algo fácil, porque cuando algo está de moda, siempre viene la industria por detrás para beneficiarse y, a veces, cuesta discernir entre lo superficial y lo esencial, pero cuando te escuchas, cuando lo captas, lo entiendes todo y ese todo, eres tú. Esencia pura. Me enganché a comer bien y a experimentar con los alimentos y con mi cuerpo. Después de más de 7 años experimentando, vuelvo al mismo camino que inicié por el 2009, vuelvo a ser devoradora de lechugas y hojas verdes (un pequeño guiño a todos los que día sí y día también os seguís sorprendiendo de mis zumos matutinos y mis tuppers tutti colori sin carne). Una amiga mía, mentora y maestra me dice siempre algo muy inteligente, “Charo, cuando no sepas salir, piensa por dónde entraste y recuerda: el camino de salida es el mismo que de entrada”. Y así es.

Soy vegana por convicción, no como animales porque soy coherente conmigo misma. Simplemente ha llegado ése día a mi vida en el que me doy cuenta que no puedo tratar a mis mascotas como mi familia, ofreciéndoles lo mejor de mí, mimándolos y a la vez estar comiéndome el familiar de otro animal, ¿quién soy yo para decidir que un animal es mejor que otro?

Corren miles de vídeos por Internet y nos escandalizamos por el dolor que las personas infringen a  perros, toros, gatos, pollitos… Pero cerramos los ordenadores y nos comemos un pollo al ast, un hamburguesa 100% de ternera de Girona, un jamoncito 5 jotas o unos rollitos de sushi con pescado crudo. Estoy en contra del maltrato animal pero me hincho a caracoles porque eso no es carne, ¿Verdad? ¿De verdad pensamos que los animales que nos comemos no sufren? Sí sufren sí, y mucho: sufren estrés, mal nutrición, maltrato… No sólo cuando los matan: hervidos vivos, chafados, electrocutados, ahogados… También sufren en las granjas, les privan de libertad y de amor; y toda la miseria que sienten y respiran, todas esas emociones de peligro, de estrés y de malestar, todas esas emociones va y nos las comemos nosotros (resulta que no sólo nos comemos porquería que comen: antibióticos, pesticidas, hormonas del crecimiento, además nos comemos el miedo que sienten a lo largo de su corta, triste e infeliz vida).

Somos animales y debemos convivir en armonía con los demás animales, con respeto y amor. Pero está claro que hasta que no aprendamos a respetarnos a nosotros mismos, a escucharnos, a conocernos, a tolerarnos y a amarnos, hasta que no lleguemos a ese punto jamás podremos ofrecerlo a los demás.

Soy vegana porque es el camino que he elegido y porque no serlo sería ir en contra de lo que siento. Y quería haceros partícipes de mis emociones porque no es una moda sino una opción que jamás antes el mundo en el que vivimos me había dejado ni siquiera barajar. Los veganos no somos una moda y no somos raros, simplemente le ponemos conciencia a la vida para poderla disfrutar aún más si cabe.

Mi primera maratón: Maratona di Roma

Maratona di Roma

Maratona di Roma 2016

Mi primera maratón: Maratona di Roma

Te cuentan muchas cosas maravillosas sobre las maratones, a veces hay historias emocionantes en cada uno de los dorsales, pero jamás volverás a tener una primera vez para correr tu primera maratón. Por encima de todo, disfrútala. Y este consejo fue el que seguí al pie de la letra.

Si os soy sincera no tenía mucha idea de qué iba a enfrentarme en mi primera maratón de asfalto: Maratona di Roma. He corrido algunas por montaña pero en asfalto mi tope estaba en 21K. Así que me lancé, Oriol me regaló la inscripción y a mí me pareció una maravillosa manera de pasar un fin de semana romántico, antes de nuestro día.

Roma es preciosa, carísima, pero romántica, mágica, eterna, imperial, majestuosa… Es una ciudad que impone, que te da energía por doquier y que te impregna de belleza. Creo que no pude escoger una maratón más bonita para estrenarme en los 4.2195 metros. Pero también es durísima, sus adoquines, su asfalto en mal estado, sus rampas interminables y en esta edición su calor sofocante.

Correr una maratón es algo maravilloso, lo mejor que le puede pasar a un corredor que ame sumar kilómetros sin importar el terreno. Pero no es una distancia para perder el respeto, ni para tomarse a la ligera. Pensad que Filípides pionero en esta distancia murió nada más acabar. Y existe la muerte súbita y los corredores se desploman no por ir por encima de sus posibilidades (que también) sino porque no conocen su cuerpo y para correr una maratón no puedes dejar ningún cabo suelto, tienes que tener en cuenta cada detalle hasta el final y vivir cada kilómetro con presencia y mucha cabeza. Así que si te planteas correr una Maratón. ¡Cuidado! Trabájala muy bien, no sólo entrenando sino alimentándote, acudiendo a tu médico para hacerte un chequeo y infórmate sobre todo a lo que confiere la carrera que correrás: perfil, meteo, avituallamientos… El secreto es ir preparada física y mentalmente (pero sobretodo muy mentalmente). Para salir airosa hay que hacer los deberes y tomárselo en serio. Una maratón señoras y señores no es una broma, es un reto (muy bonito) que no está al alcance de todos (porque no todos le dan la importancia real que tiene).

Mi primera maratón fue de ensueño. Estuve presente a cada kilómetro, disfruté de mi compañeros de kilómetros y me impregné de su emoción, de sus ganas, de sus sueños. Corrí sí, pero también jugué, jugué a dar ánimos a mis contrincantes, a seguir las instrucciones divertidas de sus camisetas, jugué a chocar las manos con los niños y los no tan niños, a sonreír a los perros que esperaban junto a sus amos al cruzar la calle. Jugué a esquivar a los locos transeúntes que cruzaban sin mirar (casi me como a una mujer y unos kilómetros más tarde una bicicleta), a tocar pancartas estratégicas que prometían darte 5 km más de fuerzas y soñé corriendo junto a varios grupos de campeones que empujaban sillas de ruedas o cargaban con ellas. ¡Sin palabras! Jugué a dejar mis emociones a un lado para centrarme en mi carrera. Y sin duda fue el juego más divertido de mi vida.

El muro existe, es real y está en tu cabeza. Aparece entre el 24-40, llegar a la media maratón es relativamente fácil, pero pasada esta distancia y antes de vislumbrar el 40 hay un mundo austero que se te presenta con un único objetivo: hacerte parar. En mi caso fue una cosa apabullante, de golpe un dolor invadió mi pie izquierdo (el cansancio acumulado, acrecentado por mi super pronación “de serie”) y mi cabeza empezó a contarme cosas horrendas sobre ese dolor: lesión, abandono pero por encima de todo decir adiós a Transvulcania, mi próximo reto. De golpe surgió mi YO y le dijo a mi mente ¿Qué pasa? Y mentalmente escanee mi cuerpo, recorrí cada rinconcito y me centré en el dolor, no era un pinchazo, no era una lesión, podía correr y lo haría, hasta el final. Y así, pasé mi muro. Reconociendo el vil engaño de mi mente que me hacía creer que no podía más.

Y los 2.195 metros finales se hacen eternos pero también emocionantes, tu cuerpo está extasiado, las piernas rabian de dolor, pero ves las caras de todos y sabes que lo lograste. Así, que casi sin fuerzas pero con energía arremetes contra los últimos metros recordando a personas importantes, todas y cada una de esas que te dan fuerza y te inspiran porque son las que corrieron conmigo, las que me ayudaron a tirar durante algunos kilómetros. Y cruzas la meta. ¡Ya está! ¿Ya está? Y sí, acabaste. Acabé feliz, sonriendo, caminando y delante de mí, él. La única persona casi tan loca como yo por seguirme de cerca en cada aventura. Nos abrazamos, lo habíamos conseguido. Vencimos Roma.