Mi primera maratón: Maratona di Roma

Maratona di Roma

Maratona di Roma 2016

Mi primera maratón: Maratona di Roma

Te cuentan muchas cosas maravillosas sobre las maratones, a veces hay historias emocionantes en cada uno de los dorsales, pero jamás volverás a tener una primera vez para correr tu primera maratón. Por encima de todo, disfrútala. Y este consejo fue el que seguí al pie de la letra.

Si os soy sincera no tenía mucha idea de qué iba a enfrentarme en mi primera maratón de asfalto: Maratona di Roma. He corrido algunas por montaña pero en asfalto mi tope estaba en 21K. Así que me lancé, Oriol me regaló la inscripción y a mí me pareció una maravillosa manera de pasar un fin de semana romántico, antes de nuestro día.

Roma es preciosa, carísima, pero romántica, mágica, eterna, imperial, majestuosa… Es una ciudad que impone, que te da energía por doquier y que te impregna de belleza. Creo que no pude escoger una maratón más bonita para estrenarme en los 4.2195 metros. Pero también es durísima, sus adoquines, su asfalto en mal estado, sus rampas interminables y en esta edición su calor sofocante.

Correr una maratón es algo maravilloso, lo mejor que le puede pasar a un corredor que ame sumar kilómetros sin importar el terreno. Pero no es una distancia para perder el respeto, ni para tomarse a la ligera. Pensad que Filípides pionero en esta distancia murió nada más acabar. Y existe la muerte súbita y los corredores se desploman no por ir por encima de sus posibilidades (que también) sino porque no conocen su cuerpo y para correr una maratón no puedes dejar ningún cabo suelto, tienes que tener en cuenta cada detalle hasta el final y vivir cada kilómetro con presencia y mucha cabeza. Así que si te planteas correr una Maratón. ¡Cuidado! Trabájala muy bien, no sólo entrenando sino alimentándote, acudiendo a tu médico para hacerte un chequeo y infórmate sobre todo a lo que confiere la carrera que correrás: perfil, meteo, avituallamientos… El secreto es ir preparada física y mentalmente (pero sobretodo muy mentalmente). Para salir airosa hay que hacer los deberes y tomárselo en serio. Una maratón señoras y señores no es una broma, es un reto (muy bonito) que no está al alcance de todos (porque no todos le dan la importancia real que tiene).

Mi primera maratón fue de ensueño. Estuve presente a cada kilómetro, disfruté de mi compañeros de kilómetros y me impregné de su emoción, de sus ganas, de sus sueños. Corrí sí, pero también jugué, jugué a dar ánimos a mis contrincantes, a seguir las instrucciones divertidas de sus camisetas, jugué a chocar las manos con los niños y los no tan niños, a sonreír a los perros que esperaban junto a sus amos al cruzar la calle. Jugué a esquivar a los locos transeúntes que cruzaban sin mirar (casi me como a una mujer y unos kilómetros más tarde una bicicleta), a tocar pancartas estratégicas que prometían darte 5 km más de fuerzas y soñé corriendo junto a varios grupos de campeones que empujaban sillas de ruedas o cargaban con ellas. ¡Sin palabras! Jugué a dejar mis emociones a un lado para centrarme en mi carrera. Y sin duda fue el juego más divertido de mi vida.

El muro existe, es real y está en tu cabeza. Aparece entre el 24-40, llegar a la media maratón es relativamente fácil, pero pasada esta distancia y antes de vislumbrar el 40 hay un mundo austero que se te presenta con un único objetivo: hacerte parar. En mi caso fue una cosa apabullante, de golpe un dolor invadió mi pie izquierdo (el cansancio acumulado, acrecentado por mi super pronación “de serie”) y mi cabeza empezó a contarme cosas horrendas sobre ese dolor: lesión, abandono pero por encima de todo decir adiós a Transvulcania, mi próximo reto. De golpe surgió mi YO y le dijo a mi mente ¿Qué pasa? Y mentalmente escanee mi cuerpo, recorrí cada rinconcito y me centré en el dolor, no era un pinchazo, no era una lesión, podía correr y lo haría, hasta el final. Y así, pasé mi muro. Reconociendo el vil engaño de mi mente que me hacía creer que no podía más.

Y los 2.195 metros finales se hacen eternos pero también emocionantes, tu cuerpo está extasiado, las piernas rabian de dolor, pero ves las caras de todos y sabes que lo lograste. Así, que casi sin fuerzas pero con energía arremetes contra los últimos metros recordando a personas importantes, todas y cada una de esas que te dan fuerza y te inspiran porque son las que corrieron conmigo, las que me ayudaron a tirar durante algunos kilómetros. Y cruzas la meta. ¡Ya está! ¿Ya está? Y sí, acabaste. Acabé feliz, sonriendo, caminando y delante de mí, él. La única persona casi tan loca como yo por seguirme de cerca en cada aventura. Nos abrazamos, lo habíamos conseguido. Vencimos Roma.